Gabriel Saldías Rossel, autor de “Fricciones”: “Mi literatura es pesimistamente esperanzada”

A mediados de 2015, Nadar Ediciones realizó su primera convocatoria de narrativa, haciendo un llamado abierto a todas y todos los escritores del continente a participar de un proceso de selección donde sólo una obra sería la escogida para inaugurar nuestra Colección Nadar Contracorriente – Narrativa.

portada-3-tapaDel centenar de cuentos que arribaron, FRICCIONES, de Gabriel Saldías Rossel, destacó por su humor y acidez. Se trata de una obra escrita con pluma ágil y cuidada, que viaja a través de la ciencia ficción para presentarnos los absurdos y crueldades de la maquinaria post revolución industrial.

El espectáculo voraz de la máquina y la alienación mecánica de las relaciones humanas friccionan consistentemente el cuerpo de este libro, mostrándonos mundos distópicos donde el devenir maquinal y sardónico, nos permite formar visiones críticas y contra-hegemónicas de los avatares del progreso tecnológico.

Tras un minucioso proceso de edición y diseño, Nadar Ediciones presenta FRICCIONES, opera prima de su autor y de nuestra colección de narrativa. Para saber más acerca de los tejidos que circulan a través de los párrafos de cada cuento, hablamos con Gabriel, quien desde Canadá, donde reside por estos días, nos entregó interesante detalles sobre los caminos que lo llevaron a FRICCIONES.

¿Cuándo te interesó la literatura? ¿Qué títulos te marcaron como lector y por qué comenzaste a escribir?

Desde que tengo memoria he estado siempre rodeado de libros. Leer y escribir me ha resultado siempre profundamente natural. Alrededor de los 10 años comencé a experimentar con la escritura; prosa obsesionada con la acción, versos repletos de inocente e insoportable romanticismo infantil. Además de la afinidad natural, creo que comencé a escribir como una forma de liberación de mí mismo a través del espejismo. Era una suerte de proyección catárquica instintiva que con el paso del tiempo, a medida que comencé a darme cuenta de mi existencia social, dejó de centrarse exclusivamente en mí y comenzó a expandirse hacia el mundo a mí alrededor.

Creo que muchos textos me han marcado con el paso del tiempo, cada uno con esa relevancia contextual única irreproducible. Recuerdo como melancólicamente relevantes La Metamorfosis y El Proceso de Kafka, El obsceno pájaro de la noche de Donoso, Todos los fuegos el fuego y prácticamente cualquier libro de cuentos de Cortázar, Ficciones de Borges, los milagrosos Artefactos de Parra, las obras de teatro de Lemebel, El Quijote, 1984 de Orwell. Más adelante: los cuentos y la poesía de Bukowski,  la prosa seca y cansada de McCarthy, algunas novelas de Ishiguro, Atwood y LeGuin, Parábola del náufrago de Delibes y Escuela de Mandarines de Espinosa. Muchos se me quedan en el tintero, pero no tiene importancia.

¿Cuál consideras ser el hilo conductor de tu narrativa?

Creo que el título del libro lo expone bastante bien. Uno de los puntos centrales de mi narrativa es la impertinente y aterradora consciencia de que toda armonía es una entelequia. Nada está bien; todo es fricción, cada contacto que el ser humano tiene con el universo está enmarcado por una experiencia de roce irritante que, al exacerbarse hasta su punto máximo, muestra los frágiles límites de la sesgada comodidad que hemos creado para nosotros mismos. La idea misma de paz y tranquilidad, de estabilidad, de grandes mansiones y sirvientes, viajes por el caribe, banquetes, drogas, alcohol, hombres y mujeres reunidos en un harén apoteósico, la bóveda de Alí Babá, la abadía de Thelema, la fuente de la juventud y todas las pavadas anestésicas del Tío Walt, no son más que pequeños infartos cerebrales eternizados en ositos de felpa y anécdotas de domingo.

Porque esta realidad, especialmente en cuanto la entendemos como realidad social, está hecha en base al terror: al miedo a estar solos, a no ser amados, a no ser lo que mamá o papá querían, a perder lo que tenemos, a dejar de ser importantes, a la miseria. Me gusta pensar que mi narrativa desnuda esos terrores básicos y obliga a los personajes a confrontarse con todas aquellas fricciones que pretendieron camuflar en los recuerdos del pasado o en las promesas del futuro.

En suma, veo mi narrativa como un síntoma, por mínimo que sea, del cinismo y la hipocresía de la sociedad occidental.

Según entiendo desarrollaste una investigación durante cuatro años sobre utopías y distopías en los últimos etapa del franquismo. ¿Por qué te interesó estudiar las utopías y distopías en España?

Porque estaba harto de hablar de Latinoamérica. Después de terminar la Licenciatura y el Máster en Literatura en Santiago de Chile, me sentí asfixiado por la obsesión neurótica que el continente tiene consigo mismo (especialmente con sus traumas históricos) y decidí explorar algo nuevo, algo de lo que no supiera absolutamente nada. Partí a España con esta idea en la cabeza solo para darme cuenta que los españoles (gentilicio contradictorio en su propia tragedia histórica), también tienen sus propias obsesiones nacionales. Diferentes a las latinoamericanas, sin duda, pero igualmente asfixiantes. Por eso es que decidí apartarme de la realidad o, más bien, ver la realidad a partir de sus extremos: lo que fue y lo que será, pero no lo que es. Lo que “es” me resulta increíblemente poco interesante; solo entiendo el presente en la medida de algo que está o no por acontecer. Es decir, entiendo el presente como el pasado del futuro.

Cuando me acerqué al franquismo durante mi doctorado, lo hice con muy poco interés en el franquismo mismo. Lo que me interesaba era determinar qué era lo que los autores de esa época entendían como un posible mañana en un entorno social donde el futuro parecía por completo clausurado. Fue así que entré en contacto con la teoría utopista y descubrí el valor crítico de la literatura especulativa. Me gusta pensar que algo de esto se ha traspasado a mi propia literatura.

¿Cómo se relaciona la visión apocalíptica y desencantada del mundo con las utopías y distopías en tu escritura?

La relación es paradójica. Mi literatura es pesimistamente esperanzada, una categoría que puede parecer oximorónica, pero que en realidad representa un sentir que se vio bastante generalizado durante el siglo XX y que sin duda se ha traspasado también al XXI. Se trata de una versión contrariada de lo que la teoría entiende como el “impulso utópico” central de la humanidad. Es una mirada que entiende el presente como una decadencia, un fracaso absoluto de ideales perversos y torcidos gestados en la obnubilación del deseo no educado, pero que mira al futuro con la esperanza incontaminada de una destrucción total que traiga consigo, no la redención de un paraíso en la Tierra tras el diluvio universal, sino, simplemente, la apertura de los caminos clausurados por la estabilidad. En suma, son las bombas sobre la ciudad de Bradbury.

¿Cuál es tu posición con respecto al mundo de la ciencia ficción, percibes alguna apreciación social con relación al género en Chile?

La ciencia ficción fue un descubrimiento tardío para mí, pero uno muy importante. Considero que tiene mucho más valor que el que históricamente se le ha dado. Personalmente me siento más cercano a lo que se denomina ciencia ficción “soft”, es decir, aquella que no se enfoca tanto en la producción de lo que Darko Suvin denomina “nova”, sino, más bien, en la forma en que estos artilugios promueven diferentes formas de reflexionar en torno a la humanidad y la sociedad desde un lente especulativo y prospectivo a la vez. Ciencia ficción crítica, de alguna manera.

Mi opinión respecto al fenómeno en Chile es dual. Por un lado, creo que el público chileno consume mucha más ciencia ficción que antes; basta solamente ver cómo cualquier cosa que publica Baradit se convierte en best-seller en cosa de semanas. Sin embargo, no podemos darnos el lujo de ser inocentes: que se consuma más no quiere decir que la ciencia ficción goce de un lugar especial dentro del mundo de la literatura. Creo que la visión del “género menor”, empapado de escapismo pulp sigue primando en el mundo intelectual, aun cuando aportes como los de Macarena Areco, desde la academia, o Marcelo Novoa, desde el mundo editorial, impulsan cada vez más la noción de que la ciencia ficción forma parte importante del corpus narrativo del país.

Soy optimista respecto a la visibilidad del género, pero no creo que esto implique necesariamente ni mejor ciencia ficción, ni mejor apreciación de lo que la ciencia ficción puede aportar al contínuum cultural de la sociedad.

¿En qué proyecto escritural te encuentras ahora?

Actualmente me encuentro realizando una beca postdoctoral en la University of British Columbia en Vancouver, Canadá. Desde allí continúo desarrollando mi investigación en torno a la teoría utopista y tengo dos proyectos en mente: el primero es la publicación de parte de mi tesis doctoral, dedicada al examen de lo distópico como fenómeno literario, y el segundo es la producción de una colección de cuentos de ciencia ficción. Idealmente podré desarrollar ambos proyectos dentro de no mucho tiempo más.

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Nadar Ediciones
Nadar Ediciones es una editorial independiente chilena enfocada a la Filosofía, Antropología, Geografía, Educación y Literatura.

1 Comment on "Gabriel Saldías Rossel, autor de “Fricciones”: “Mi literatura es pesimistamente esperanzada”"

  1. Es fantástico descubrir que la paradoja literaria que expone el autor en fricciones sea una realidad candente al interior de nosotros mismos.Felicitaciones al autor por lo avasallador y confrontacional de su lenguaje que no deja nada para leer entre lineas.

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