Párrafo Nadador #2: El escritor y su experiencia

Los ritmos editoriales han mutado vertiginosamente estas últimas décadas. Si retrocediéramos en el tiempo, pocas cosas en común encontraríamos con aquella época en que la imprenta era un lujo que clérigos y burgueses utilizaban para imprimir ejemplares de la Biblia (aquel conjunto de libros judeocristianos impreso millones de veces, pero leído muy pocas) o periódicos donde notificaban los quehaceres políticos, sociales y económicos de los directores de la Nación.

Hoy en día, no sólo es posible imprimir libros con mayor facilidad, sino también se puede prescindir del papel, utilizando las populares plataformas virtuales de autopublicación que se distribuyen en kindles, tablets y celulares. Incluso, más allá del formato libro, la publicación de artículos en sitios web tipo blogs, o incluso de impresiones personales en las redes sociales, puede dotar de la experiencia de la escritura a cualquier individuo deseoso de escribir y ser leído.

Por ello, resaltamos los párrafos que el entrañable José Santos González Vera redactó en su ensayo “El escritor y su experiencia”, incluido dentro de su libro Eutrapelia, honesta recreación (Santiago de Chile, Babel, 1954). Sin duda, pese al acelerado paso del tiempo, hay una cierta condición humana que es inmanente, aquella que dice que nos definimos en función de los otros, o, en otras palabras, que no hay espejo más certero que el rostro del otro.

Advertimos que “eutrapelia” es un vocablo de origen griego cuyo significado es “broma amable”.

Apenas he dicho que terminé un libro: Vi­das mínimas. Puedo agregar que lo publiqué. Por dos o tres meses estuve disfrutando de abun­dante felicidad porque los críticos lo recibieron bien, pero el público, además de cauto, se mos­tró prudentísimo, tanto que demoré diecisiete años en vender quinientos ejemplares. Sin em­bargo, tuve suerte con otros tantos que regalé. No me rechazaron ninguno.

Como la bondad de lo que se escribe no se puede demostrar, ni probar, el autor no tiene la certeza de haber hecho obra valedera sino a ratos. Cuando surge la duda, entristece; se ve sombrío; se siente la más desvalida de las cria­turas.

Los sensibles en demasía recuerdan que existe el vino, el coñac y otros agentes de olvido. Los más vigorosos, con fuerza suficiente para en­mendar su rumbo, se hacen industriales, co­merciantes o funcionarios. Al bordear la cin­cuentena tienen un poco de plata. Basta que estén en reposo para que les entre cierta desa­zón: ¿Y si de persistir hubiesen escrito un buen libro? Y los abruma una tremenda melancolía.

Cuando se apoderaba de mí el desaliento, re­leía el prólogo que, por su gusto, Alone puso a Vidas mínimas. Releyéndolo conseguía, si no resucitar mi confianza, por lo menos dejarla latente.

El literato en formación, al vencer las pri­meras dificultades, se considera alto como una torre, y a medida que avanza, que va dominan­do la técnica, escribiendo mejor, empequeñece, hay instantes, y también semanas y meses, en que no se ve, en que parecería estar a ras de tierra.

No hay escritor que pueda prescindir del estímulo. Algunos siguen escribiendo porque ami­gos piadosos le aseguran una periódica ración de elogios. Durante un tiempo lo confortarán esas alabanzas; luego necesitará más y, si todos los lectores y críticos se pusieran de acuerdo en celebrarlo únicamente a él, no le causaría extrañeza. Sentiría que es lo justo.

A veces un escritor piensa que su vecino es un simple, hombre sin relieve y sin ideas, pero si éste se le acerca y le dice que leyó su último cuento y le agradó como ningún otro, se dirá: “¡Qué equivocado estaba! Este hombre es, qué duda cabe, muy culto, tiene gusto y su inteli­gencia es aguda”.

Se asemeja a los demás artistas en lo desme­surado de sus ambiciones. Aspira a que su obra sea única. Si en un rapto de escepticismo se le entra el pensar insidioso de que su libro es me­ritorio en su país, verá presto que hay otros li­bros nacionales tan estimables como el suyo. Supongamos veinte. Esta comprobación lo indu­cirá a pensar que en el continente pueden, de esos veinte, salvarse dos. Y si de razón en razón asciende al plano universal, dejando de lado épocas, escuelas y cualesquiera diferencias, pue­de que ninguno le parezca digno de figurar junto a las grandes obras. Y el más horrendo pesimismo lo abatirá días y meses.

Otros literatos, por desventura poquísimos, son paternales, no dudan jamás y, aunque asom­bre, aman cuanto sale de sus manos. Los deses­pera, eso sí, la tardanza de los lectores en par­ticipar de idéntico amor. Suelen atribuirlo a incomprensión. Y para darse ánimo sueñan en que escriben para las generaciones futuras, pre­sumiblemente más lúcidas.

El escritor, unas veces sabiéndolo, otras por instinto, es un buscador de la verdad. La que descubre asume una apariencia desgreñada, a menudo destructora, pero es siempre la verdad.

Frente al sacerdote, que tiene a su espalda una institución poderosa, y trabaja con verda­des solidificadas, su personalidad resulta me­nos favorecida y sus frutos necesitan de largos años para que el pueblo los tenga por maduros.

La gente hace un distingo entre el escritor y los demás individuos. No lo considera entera­mente normal, no le extraña si expresa ideas inesperadas, ni tampoco si cae en excesos o echa en olvido sus compromisos.

Puede embriagarse con frecuencia y no se di­rá así no más que es ebrio. Se da por entendido que debe beber. Si no es monógamo a secas, nadie lo enjuiciará, porque se le considera no­table amador.

Es claro que tampoco se le dará crédito, que ningún padre correrá tras él para que se case con su hija y que no habrá poderoso que le dé con placer un cargo. No se cuenta con el escritor para las obligaciones comunes. Se presume que dará muchos disgustos y caerá en mil ye­rros, pero nadie está seguro de que alguna vez no escriba una prosa que sepa a novedad, que enriquezca el caudal humano. El hecho de que no exista persona que no deba parte de sus ideas a los libros, concede a quien escribe una poten­cia imponderable.

José Santos González Vera. Eutrapelia, honesta recreación. Santiago de Chile : Babel, 1954. Páginas 78-82.

About the Author

Diego Mellado
(Bonn, 1990) Formado en filosofía, edición y astrobiología en la Universidad de Chile. Trabajador e investigador en Nadar Ediciones. Integrante de Grupo de Estudios José Domingo Gómez Rojas.

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