Párrafo Nadador #1: Políticas deplorables

La corrupción que gobierna a nuestras actuales instituciones políticas parece tener  su origen en el propio mecanismo por el cual se conforman; traen una fatal falla de origen. El hondo escepticismo que por esta época pesa sobre la sociedad es, según Reclus, sólo una parte del ciclo que todo Estado transita, cuando, dada las circunstancias coyunturales, se hacen insostenibles los ornamentos y artificios que la clase política utiliza para ocultar toda la red de vicios que subyace a su labor, revelándose una maraña sórdidamente entretejida de ambiciones personales,  vanidades y odiosidades que son satisfechas por medio de una amplia plataforma de privilegios. La altura moral e intelectual con la que se tratan de investir pronto se convierte en una fría sátira, que ya a nadie logra hacer reír. Es por esto que la corrupción no se debe a la mala calidad moral de esta generación de políticos: es la propia constitución de las instituciones que ellos manejan la que lo permite, lo promueve y lo consolida.

“Exceptuando en casos muy excepcionales, el espectáculo que ofrecen los países cuando se hallan en período electoral no es de los que puedan regocijar al hombre de principios. Sea que el candidato violente personalmente su modestia, o que le presente un comité, las maniobras se abren paso, las ventas y las mentiras se ponen en juego y no es el más decente de los que se proponen a los sufragios el que tiene más probabilidades de éxito. Aunque los legisladores han de resolver toda clase de problemas, locales y mundiales, financieros y educativos, técnicos y morales, el candidato no es recomendado a sus electores por ninguna capacidad especial. El elegido podrá deber su triunfo a cierta popularidad territorial, a su buen carácter, a su fecunda oratoria, a su talento de organizador, pero también frecuentemente a su riqueza, a sus relaciones de familia y hasta, si es gran industrial y propietario, el terror que inspire; frecuentemente será un hombre de partido; no se le pedirá que trabaje en la obra nacional, ni que facilite las relaciones entre los hombres, sino que combata a tal o cual grupo político; en resumen, la composición de las Cámaras no recordará en nada la de la nación, le será generalmente inferior en cualidades morales: el político de carrera dominará en ellas”.

Elíseo Reclus, El Estado moderno
(publicado por Editorial Eleuterio, Santiago de Chile, 2013)

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