Julio R. Barcos según Humberto Tejeda

Julio R. Barcos es parte de los fundadores en 1921 de la Internacional del Magisterio Americano. De esta misma Internacional, César Godoy Urrutia (1901- 1985), profesor y militante del Partido Socialista de Chile primero, y del Partido Comunista de Chile, luego, fue Secretario General entre 1927 -1928. Con César Godoy, a Gabriela Mistral le unía una fuerte estima en tanto profesor y rebelde  según consta en una carta [N. del E.]

En Cuasimodo podía sospecharse alguna venganza genial. Sin duda alguien, en la escuela, en el foro, en un salón, motejó con el apodo del compañero hugueano al escritor puertorriqueño, que en recuerdo del supuesto agravio bautizó así la grandiosa revista. Pero esta tenía, no obstante tal nombre, otra faz, una faz apolínea. Julio R. Barcos, juventud de gladiador estatuario, ojos avizores, echada atrás la híspida greña gauchesca. Todo nerviosidad y pugnancia apenas contenida por su cultura pedagógica actualísima. Henchido de didaccia elocuencia, de arrastre lideril e impaciencia creadora, no había para él distancia entre advertir los errores consagrados y poner la piedra en la honda. Sin mezquinar el puntapié, para las fórmulas repintadas y apolilladas por dentro que le salían al paso. Sus energías intelectivas, en infusión concentrada, su calibre de acumulador de tempestades, provocaron la primera huelga general del magisterio de Buenos Aires, al final de la guerra europea, en conexión con el vasto movimiento social que abortó allí por aquel tiempo, cosido a bayonetazos en el seno de la bella cosmópolis platense.

Julio BarcosForzado al exilio por esos antecedentes, tomó sobre sí la misión de esparcir por los pueblos de Hispanoamérica su doctrina. A las escuelas, que lelas y adormiladas por el trópico nuestro, de digestión caimánica, seguían repitiendo memorizaciones silogísticas y trácalas tomísticas, presentábase de pronto, con algo de signo insólito, aquel maestro argentino, a injertar en el vacío y la miseria de nuestra pedagogía de misa y rejo, los nombres fantásticos de Sarmiento y Ferriére, de la Montessori y la Luisi. Conferenciaba, tomaba a su cargo unos días –de fiesta para los chicos– las clases habituales, y dejaba para lo futuro implantado un ciclo humano: la pedagogía de la sonrisa, de la razón, del ejercicio al sol, de la coeducación, de la comprensión y fraternidad entre padres, maestros y alumnos. En Puerto Rico arrancó a Canales de la ergástula, lo liberó de un bufete patronal servil al dólar, como a un niño triste en quien adivinó la genialidad, y tomándolo del brazo lo arrastró al sendero innumerable, en que ambos iban a tropezarse con toda la pintoresca y mortal plaga de alimañas presidenciales, alacranes pedagógicos, tarántulas jesuíticas y escorpiones literarios; pero también con las pobladas anémicas y palúdicas: llaneros, gauchos, pelados, guates, indios, léperos, cholos, rotos, hambrientos de pan y sedientos de instrucción.

Inseparable su compañera, una argentina de salud auroral, recuerdo a Barcos en Caracas a fines de 1918, acabando de llegar y partiendo su tiempo entre conferencias que despertaron las iras expulsorias del gomismo, y los afanes de ambos para llevar socorros nocturnos y provocar auxilios públicos para las gentes míseras atacadas por la influencia que pasaba en ráfagas de muerte. Cuando, poco después, llegué a Panamá, Barcos andaba prendiendo no sólo una revolución educacional, sino una revolución cívica contra aquellos Tinocos costarricenses que pretendieron trasplantar a la tierra tica el régimen de despotismo bruto de los países progresistas vecinos.

Triunfante aquella revolución en Costa Rica, que lo había insuflado de optimismo, Barcos regresa a Panamá, y dirige dos cartas a Julio Acosta, el nuevo presidente costarricense, y a su Secretario de Educación, que lo era Joaquín García Monge. En la primera, se identifica como “un ciudadano del mundo que ha entregado su alma a la causa universal de las libertades humanas”; y le pide al triunfador: no dejarse secuestrar la verdad de los problemas vitales de su país. A García Monge le habla de Costa Rica, la tierra de promisión y de encanto, donde ninguno se siente extranjero. Le recuerda que el torrente de los acontecimientos lo arrastró consigo en la lucha cívica, popular, y del magisterio sublevado por la maestra Carmen Lyra, contra el brote de pretorianismo que intentaron los Tinocos. “Tengo un muy alto y muy bajo concepto del maestro de escuela, según sea un inflamado servidor de los ideales superiores de la democracia social, o un simple ganapán, sin fervores ni ideales de ninguna clase en el desempeño de su oficio. Educar no es simplemente transmitir conocimientos, sino inyectar ideales. El acto más glorioso del pueblo argentino ha sido llevar a la presidencia a un maestro de escuela. Aquel maestro que era el más grande educacionista de su época, resultó ser también el más grande de los estadistas argentinos y su obra civilizadora vale por la de diez generaciones de políticos”. Ataca a los alpinistas de la política que se aprovechan del magisterio. Y acaba pidiendo al ministro García Monge: Emancipar la educación de la política. Toda reforma educativa será inútil, dice, mientras subsista el absurdo de la enseñanza que pone las escuelas en manos de políticos invariablemente deslumbrados en la materia, en vez de ponerlas en manos del magisterio y del pueblo. Y le propone la creación del Consejo Superior de Educación, elegido por los padres de los escolares y los maestros de escuela conjuntamente. “Los débiles serán fuertes al convencerse de que la solidaridad es el mejor escudo y la mejor espada para la defensa del derecho”. Nótese que Barcos, profundamente deslumbrado por la marcha progresiva de la democracia argentina, proponía un sistema falible y peligroso, en los países ecuatoriales y tropicales, en los que muchas veces el sentido de progreso social lo representan las hélices violentas de la revolución por sobre el fanatismo y estancamiento de las masas, particularmente de la clase media fanática y picada de conservantismo. Costa Rica había nombrado a Barcos para Secretario de la Comisión Calificadora de la Enseñanza. Su optimismo encontró que allí, como en la Argentina, un maestro es el mejor divulgador de las ideas modernas y el más honesto de los pensadores, y que una maestra lleva el centro de las letras nacionales.

El Salvador, tierra de ilustres profesores, Ugarte, Gavidia, Masferrer, presidido por Jorge Meléndez, en días en que esta pequeña nación daba lecciones de cultura continental, le encargó la preparación de un Proyecto de Código de Instrucción, en el cual propone Barcos: La socialización de la escuela, que en su concepto quería decir, convertir en casa del pueblo. La sublevación oficial sólo a las escuelas laicas. La dignificación económica y social del magisterio. La coeducación. Y la creación del Consejo Nacional, para eliminar la politiquería. En El Salvador, con su sinceridad profunda, Barcos hizo la crítica de los “escribas de levita que forman la clase intelectual” y descubrió un Maestro, proclamándolo entre palmas: Alberto Masferrer.

Barcos había sido expulsado de Costa Rica, como indeseable, por aquel infeliz Tinoco, que a semejanza de sus modelos, Cabrera, Gómez, veía un enemigo personal en cada intelectual. La revolución cívica triunfante lo llamó para nombrarlo Ciudadano Honorario. Y al partir, maestros y maestras costarricenses, en uno de los más hermosos manifiestos que han transmitido las estatefas continentales, le dijeron: “Allá en su Argentina, hará como el sembrador cuando a la vera del fuego de su hogar sonríe o se pone solemnemente pensativo al recordar que sembró trigo o maíz, pequeñas cosas sin novedad, pero llenas de prestancia y de misterio”. La hermosa lección de amor de que el país donde pone su planta es su país, porque siente que la tierra toda es su patria, diciendo como Schiller: “Soy ciudadano del mundo –y compatriota del hombre”, quedó vibrando en tierras centroamericanas. Barcos riega en El Salvador y Costa Rica la semilla de la reforma universitaria, iniciada en la Argentina dos años antes. Explica donde quiera a los maestros el sistema de la Escuela Rand, de New York; su ideal son las universidades proletarias.

Mantiene, en tanto, en Cuasimodo, su sección Nuestros Profesores de Idealismo en América, aguda crítica y revisión ideológica de los maestros intelectuales de aquel tiempo. Los biparte en hombres de ficción y hombres de realidad. Practica el corte entre soñadores románticos que dejan herencia de canciones y capa raída, y educadores, cientistas, arraigadores de patrias. Cree en una literatura vivífica, que fermenta en hogar humano. Estudia a Rodó en su modesto huerto antiguo, con vistas al Cefiso y al Acrópolis. Mófase un poco mentalmente del panargirismo nacionalista del erudito y eurindista Ricardo Rojas. Sin embargo, eleva y pierde la vista en la órbita parabólica de Lugones, poeta magno y errabundo político, que daba ya señales de lamentable fuga a su época. En Francisco García Calderón admira al sabio exotizado que contempla desde infértil torremarfilismo nuestros problemas. Esculpe en rocallas el ademán mosaico de Alberdi, resonador en los desiertos americanos de las clarinadas de un nuevo génesis. En Agustín Álvarez caracteriza al pionero del expansionismo cultural platense. Pero todo su amor y entusiasmo rebosa ante Sarmiento, el que supo casar la cultura con la democracia. Y el Martín Fierro, disfrazado de welt-burguer, brota: “¡Qué miseria de tierra! Un abogado, un maestrescuela  y un cagatinta, cuando en el mismo medio siglo cualquier republiquita tropical cuenta con un centenar de genios militares, poéticos y polígrafos”.

Mientras que con sus cien páginas mensuales, henchidas de mensajes saludables a la América, Cuasimodo circulaba burlando hasta donde era posible la censura de las behetrías reacias a la civilización. Barcos, de regreso a Panamá, nos explica en varias conferencias en el Instituto Nacional, sus observaciones de las tierras morazánicas. Con ideas de renovación, de justicia, de amor, pasó por ellas descorriendo con mano firme y serena el velo de las intrincadas cuestiones contemporáneas, tan confusas y azarosas para nuestros pueblos: por donde quiera se encontró al hombre convertido en bestia de carga y máquina de laborío, en nombre de una supuesta igualdad y una mentida democracia. Ante el desbarajuste de los pensadores y directores fracasados, era necesario, dijo, dedicarse a preparar el mundo mejor de mañana, por el que claman todas las miserias de la hora mesiánica en que vivimos. Las naciones no se parecen entre sí sino por sus comunes defectos. Entre estos pueblos, resalta sin embargo Costa Rica, nación donde hay un núcleo de civilizadores maestros. Allí, lo mismo que en El Salvador, predicó su evangelio: salvar a la educación de la contaminación política, dotarla de un presupuesto manejado por padres y maestros, coeducación y laicismo. La Nicaragua jesuítica, la Guatemala que acaba de derrocar a Cabrera, la Honduras encerradas y regionalista, lo mismo que la Venezuela secuestrada por un déspota inconcebible e inmortal, urgían fuertes rachas de ideales modernos para desarrollar potencialidades inmensas. Insistencia particular de su propaganda era la coeducación: “La mujer sobrelleva en la lucha por el pan la cruz más pesada. Las indias centroamericanas trabajan fieramente y sostienen sin la ayuda del hombre su hogar, cuando no también las holgazanerías y vicios de sus hombres”.

En 1921, cuando se discutía en México el Proyecto de Ley para la Secretaría de Educación Pública, cité ampliamente en El Heraldo de México las ideas directrices de Barcos, y mostré a varias personas interesadas en estudiar esa cuestión el proyecto hecho para El Salvador por el maestro argentino, proyecto que recibió mucha atención de algunas gentes. En El Heraldo, preguntaba yo: “¿Por qué no se podría hacer también algo por la educación de los indios aquí en México, donde contamos con una masa de población indígena hoy inerte, pero que educándola habrá de convertirse en un formidable a la vez que característico elemento de nuestra nacionalidad? No hay más que una solución, citando al ingeniero Pedro S. Fonseca: educar al indio. Hagamos de este postulado el delenda est Carthago de nuestros destinos”. La escuela rural, que venía imbíbita en la revolución agrarista, respondió bien pronto, a partir de aquel mismo años, a nuestros votos.

A su regreso a Buenos Aires, en 1921, Barcos encontró cerca de 10.000 maestros sin trabajo, y casi un millón de niños sin cabida escolar. Fundó el primer centro libre educativo, y continuó en su lucha espléndida por el porvenir. Así recuerdo a aquel joven maestro, rebosante de la fuerza contenida del Apoxiomenos, llenando páginas con su pincelada larga y animosa. Tajando estela ancha y profunda en los mares caribeños, con su velamen ceñido al huracán mundial, y su grueso tonelaje de ideas modernas. Prosista útil, orador grato, sin rechines ni derrumbes. Gaucho civilizador, soltando sus ideas como manadas de potros de sangre al multiplicio del trópico.

El remoto gobierno de Harding auxiliado eficazmente por los autóctonos vendepatrias, abrió los ojos ergolásticos, y obligó a callar a Cuasimodo y a emigrar a Canales y Barcos. Lima, Santiago, Buenos Aires, incubaron avatares de la revista augural y auroral, pesadilla tanto del imperialismo como de los despotismos. Reclamando por los conscientes estudiantes portorriqueños, regresó Canales de rector de su Universidad; en 1922 se embarcó para Washington, comisionado a reclamar la independencia de la isla, pero en el camino tropezó con el veneno borgiano de los vendepatrias.

En tanto, el profesor Barcos prosiguió su labor bonaerense. Serie de trabajos y obras de pedagogía moderna. En Cómo educa el Estado a tu hijo, expone las úlceras de la enseñanza burguesa. En Política para Intelectuales caritativamente deletrea a los pseudo-genios del narcicismo del a-b-c vitalizador de la acción social. Secretario luego de la Unión Latinoamericana, esparce oportunas alarmas en las crisis de los últimos años. Ahora nos envía El Trágico Destino de la Clase Media, fruta madura en el dolor, en el angustioso combate del magisterio y de la esperanza, contra los que aún en Suramérica se entusiasman con Franco y Mola porque huelen a Fernando VII.

“Trabajadores de la materia y trabajadores del espíritu, uníos. No hay liberación posible sin la unión de los que producen riqueza y los que producen cultura”. En este epígrafe reconocemos plenamente al maestro que ya en 1919, como recuerdo de su odisea centroamericana, dejara en El Salvador un Proyecto Educativo en que se recomendaba: la creación de un Consejo Nacional de Educación; la dotación de rentas cuantiosas y propias para la enseñanza; la orientación industrial de la enseñanza, y la socialización de la escuela. El mismo respeto y el mismo entusiasmo por el hombre que trabaja y por el hombre que piensa y enseña.

“Aumento de posibilidades por la más completa democratización y socialización de la enseñanza, para darle al proletariado la mayor oportunidad de devenir clase media, que ha de ser con el tiempo clase única”. Elevar, no abajar los fines de la socialización. Por esto, Barcos insiste en el papel director que el grupo de maestros e intelectuales españoles, la asociación de profesores de Chile, y el aprismo peruano, tienen en la aproximación de esos países a un plano de existencia moderna.

El maestro Barcos se embarca con esta noble divisa, en uno de los más altos y generosos propósitos del pensamiento argentino: ligar la cultura, los valores ya conquistados, éticos, científicos y artísticos, al movimiento tan justo como incontrastable de las masas, apresurando, humanizando y engrandeciendo por este medio todo el proceso de superación.

Demuestra para ello, históricamente, el papel directo que ha tenido siempre el pensador de clase media en todo movimiento de liberación, desde la revolución francesa hasta las hispanoamericanas. Con trémulo patetismo, exhibe la imposibilidad de que maestros, escritores, técnicos, cientistas, artistas, queden neutrales en el actual conflicto entre el fachismo, que es el capitalismo más el crimen, y el socialismo, que encierra todas las posibilidades de progreso material y moral. Su esfuerzo para sobrepasar la torva antítesis que ahondan los propagandistas burgueses, entre el nuevo espíritu popular y las teorías del cristianismo y del humanismo, debe abonársele como un intento de integración humana grandiosa y seductora.

El ultramaterialismo es lo que muere con el capitalismo, exclama; y en el socialismo ve renacer las grandes aspiraciones eternas. Fulmina a los derrotistas forales que han perdido la fe en el hombre y sólo auspician la máquina y el esclavo. Afirma: “La posición de la clase media es espiritual; su misión es la de construir el arca en que ha de salvarse la cultura, lo suyo, porque nada hay que no haya surgido de su mentalidad”. Comprime apotegmas: “El despotismo, la guerra, el suicidio de un mundo enfermo y senil, creado por el capitalismo con la ayuda de la cruz y la espada, ¡eso es la obra del burgés! La reconstrucción moral y económicas: esta es la labor del intelectual de la clase media”. Parece a veces tambalearse el  equilibrio de su pensamiento, en la dificilísima posición escogida, de ser justo con todos, magnánimo, y reafirmar la unión imprescindible de fuerzas morales y materiales para toda obra universal. Pero la imantación de su ideal, la seguridad de su misión se yergue súbito, y concluye: “Por desgracia el hombre medio, profesional, artista, médico, educador sabio, economista, no lo comprende bien todavía; pero cuando descubra que es un galeote esposado de la muñeca a la muñeca del proletariado por el mismo verdugo, porque también las crisis económicas lo pauperizan, y las dictaduras lo convierten en esclavo político, tendrá que correr a ocupar su puesto de lucha”. Y la finalidad de esta lucha ya la definió Barbusse: Que los trabajadores intelectuales asciendan hasta ser servidores de las más noble de las causas, los que en la actualidad quiere decir: civilización y salvación.

Saltar por medio de la educación las falsas antinomias creadas por el sectarismo, para unificar la acción cultural del hombre de la clase media con la acción revolucionaria del proletariado. Esta es la bella afirmación del nuevo libro del maestro Julio R. Barcos, cuya atenta lectura nos deja sentir latentes sus optimismos y ternuras al par que sus temores de pensador pegado de oídos al árbol de la vida, en una madurez  ya de renovador integral. Con el recuerdo vibrante de Nemesio Canales como signo, dejamos abierto este libro, en manos de gentes que hallarán en él claridades y certezas.

En el tiempo en que las más brutales agresiones del imperialismo contra Centroamérica se sucedían, Barcos toma participación con el doctor Palacios, por 1926, en la formación en Buenos Aires de la Unión Latinoamérica, publicando una fuerte revista de combate. El Plata, distante y fríamente imparcial, tomó así su puesto de lucha contra el imperialismo nórdico, por virtud de la clarividencia de estos hombres. Y fueron apareciendo sin descanso sus otras obras pedagógicas y cívicas. En su polémica contra el Ministro de Instrucción, Sagarna, reaviva Barcos con vigorosos argumentos su tesis permanente: que el Estado pague la educación, pero que deje la dirección técnica a los maestros, y la cooperación a los padres de familia. Repleto de experiencias y de agudeza, expone incansablemente sus razones en pro de la Escuela del Trabajo, o Escuela Social, única en el sentido de igual y pareja para todos, y autónoma en el privilegio de no sufrir la dirección de una politiquería más retrasada que la ideología de los maestros y de la masa. El entusiasmo que Barcos mostrara en épocas anteriores por los métodos norteamericanos, aparece ya entonces convertido en decidido antiyankismo. En vez de exhibirse campeón de la educación democrática, el yanqui ha mostrado “la miseria espiritual de su cultura”. Hay que salvarnos del bárbaro tecnificado del Norte. Hay que producir en el magisterio hispanoamericano la sacudida psicológica contra el capitalismo, el confesionalismo y la incontinencia patriotera. Con el ilustre español Luis de Zuleta, agiganta la función del maestro; pero aclara quiénes son los maestros verdaderos: “de los que sólo saben pedagogía, se puede decir que ni aun pedagogía saben”. Acusa a la enseñanza oficial bonaerense de ser solamente la organización del parasitismo. No obstante sus tan cacareados progresos, la oligarquía agropecuaria que gobierna inmemorialmente a la Argentina mantiene por avaricia una de las más crecidas mortalidades infantiles, y un 42% de reclutas analfabetos, mientras gran número de escolares reciben sólo un mínimo de educación. Barcos exige la escuela que enseñe a trabajar, y pasando revistas a las reformas en el mundo entero, irrumpe su alegría ante el prodigio de Rusia, y ante los esfuerzos culturales de México. Caricaturiza la enseñanza tradicional, colonial, que todavía enseñan teológicamente, y que mantiene a tutiplén solemnes y huecas academias mientras hace referencias a los bárbaros. Apologiza a maestros y maestras, como Rodríguez Fabregat en el Uruguay, y Carmen Lyra en Centroamérica, y asigna la más elevada función a las maestras en la reforma educativa. Dedica finalmente su libro: Al Magisterio organizado de Chile, único que tiene derecho a enorgullecerse por su magna obra.

En 1928, Julio R. Barcos consigue del Congreso Internacional de Maestros, reunidos en Buenos Aires, una declaración adoptando los Principios de la Reforma Universitaria de Córdoba, ha diez años. Así el Maestro Barcos sigue en pie, luchador convencido por el mundo nuevo, sin doblegarse en medio a los crueles retrocesos y castigos que ha sufrido en los últimos dos lustros la democracia del Plata. Su ingente colaboración cívica, izquierdizante, en la revista Hechos e Ideas y su incansable actividad planificadora, nos demuestran que en él es connatural en más envidiable de los dones, el afán juvenil de crear.

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Fuente: Tejeda, Humberto. “Julio R. Barcos” en Maestros Indoíberos. Ediciones Minerva, México D. F. (s/f), pp. 81 – 90.

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