Revueltas de octubre: La solidaridad contra el Estado

Ha quedado clara la indiferencia del poder. A lo largo de la extensa franja que rodean las fronteras del Estado de Chile, las localidades de cada región se han manifestado en un movimiento transversal que acusa la responsabilidad de la clase política en la actual situación de desigualdad y violencia del país. En respuesta, el despliegue de militares, carabineros y policías civiles reforzó la fractura entre la sociedad civil y el mundo político, instalando, junto a los medios masivos de comunicación, el miedo, el control y el abuso de poder en un intento de convertir el contexto de las demandas populares en un estado de guerra interna.

No es posible aislar el análisis de esta situación. Los últimos 30 años distan sustancialmente de los ideales democráticos que, gobierno tras gobierno, se han pronunciado en los discursos de la clase política. Instituciones como el Tribunal Constitucional demuestran que la supuesta democracia constituye, más bien, una continuidad de la dictadura cívico-militar, siendo la reciente presencia de militares en las calles un modo de volver sobre esa forma de subyugación a través de la muerte y el miedo. La memoria histórica reúne diversos episodios de las vejaciones militares contra la sublevación popular, sobre todo desde que comenzó a articularse la institucionalidad de las oligarquías y su estado de derecho.

Los militares siempre han estado ahí, con los planes listos para reprimir al pueblo. Es su función. No son traidores del pueblo. Nunca han estado a su favor. Existen porque el sistema colonial e imperial, base de esta nación, requiere de las armas para controlar y capturar a su población. El aparato estatal se organiza según esta lógica bélica. En el momento en que el poder de los privilegios y las prerrogativas se concentra en grupos particulares, emergerá en ellos la tendencia para conservarlos, para defenderlos de quienes podrían eventualmente arrebatarlos; cualquiera, extranjeros o “compatriotas”, aquello que llamamos “pueblo”, l-s marginad-s del poder de la nación, caen en un estado de inevitable sospecha, de vigilancia, de control, en una sola palabra, de dominación, que se institucionaliza y se normaliza para oprimir cualquier intento de lucha social que haga consciente la injusticia y que busque la recuperación de su potencia política.

Es sabido, también, que el militarismo responde a una tendencia inherente al capitalismo. El desarrollo de éste depende en gran medida de la industria armamentística, de la que Chile participa como comprador. Sus proveedores, sedientos de guerra, procuran crear la demanda ¿De verdad nadie imaginó que si escogíamos a un empresario como presidente no estábamos expuestos a que se declarara la guerra? La guerra es un buen negocio y, prácticamente, un estado permanente de las naciones, cuyos intereses tienden con insistencia al acaparamiento, a la usura y al despojo. Incluso, hoy en día, gracias al “progreso” y a las alianzas militares internacionales, la guerra se deslocaliza, convirtiéndose en una exportación de recursos humanos militares y armametísticos administrados por empresas privadas. Asimismo, las divisas de los ejércitos circulan entre la evasión tributaria, tráfico de armas y el de drogas ilegales, junto a otros negocios restringidos financiados con fondos públicos. Se suma a ello las inversiones en investigación, innovación y desarrollo tecnológico, sobre todo en los ámbitos de la vigilancia y el control social y armamentístico: drones, cibernética, reconocimiento facial, armas químicas, farmacéutica, etc.

La reciente declaración de guerra del gobierno no es otra cosa que la explicitación de esa actitud solapada que conforma a cualquier Estado, y que por muchísimo tiempo ha alimentado al colapso y a la disolución de nuestros pueblos. El creciente proceso de militarización que está cruzando América Latina daba a entender que se acercaba una avanzada represiva del poder. De ahí que, frente a la violencia de los ejércitos, resulte fundamental la respuesta popular. En estos flujos de manifestaciones a lo largo de Chile se provoca una empatía política enfocada contra la corrupción del poder, dando paso a una serie de prácticas que, además de las manifestaciones en avenidas, plazas públicas o instituciones, plantean la posibilidad autorganizativa de las personas: asambleas territoriales, ollas comunes, primeros auxilios, grupos de perfomance, baile o música, brigadas muralistas, grupos de cuidado e incluso, entre los adeptos al ciudadanismo occidental, cabildos. Pero a su vez, estos pasos hacia el encuentro comunitario, surgen de movimientos políticos y sociales cuya labor de propaganda y organización ha sido fundamental en las últimas décadas. Las problemáticas contra las que se lucha son claras: sistema de pensiones, financiamiento de la salud pública, aula segura, femicidios, devastación ambiental, privatización de recursos naturales, infancia reprimida y desprotegida, endeudamiento universitario, represión contra los pueblos indígenas, zonas de sacrificio, violación de los derechos humanos, impunidad y privilegios de las élites…

¿Cómo actuar contra esta serie de situaciones? Se ha declarado la muerte del neoliberalismo, pero en general, es la muerte del capitalismo lo que se amerita. Por ello, insistimos en la importancia de la organización en la resistencia de las barricadas, de defender el clamor de la revuelta y de apoyar la autodefensa cotidiana. Fundar la solidaridad contra el Estado, la comunión de cuerpos contra la dominación en todas sus formas.

En esa solidaridad, sentimos el dolor de l-s caíd-s, torturad-s, desaparecid-s, violad-s. No olvidamos a las vícticas del terror estatal y militar. Sus rostros son huellas imborrables de la memoria popular. Somos responsables de nuestros recuerdos. Es un compromiso con la justicia social. Seremos firmes ante la barbarie impuesta.

Contra el terrorismo de Estado y el negocio de la guerra, la organización y la autogestión son caminos para la resistencia y la creatividad. Los llamamientos de octubre no son simples consignas, son el desafío de emprender una labor constructiva que destruya los cimientos de un sistema desigual que solo se ha perpetuado por la violencia y el miedo, jamás por la normalidad.

Nadar Ediciones Martes 29 de octubre de 2019

Crédito: Eduardo Bascuñan Cancino
Crédito: Eduardo Bascuñan Cancino